Islandia, mon amour.

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Hace demasiado de este viaje y tengo miedo de no estar a la altura al contar esta experiencia. Hace demasiado tiempo, pero no el suficiente para olvidar todo lo que aprendí y sentí. Hay pocos países que quiera repetir, y este es uno de ellos sin duda.

La llegada a Keflavik.

Aunque mi viaje transcurrió a finales de junio, la isla es tiene una situación tan próxima a la banquisa ártica (66º norte), que la temperatura no subió nunca de los 14ºC. Cuando tomamos tierra tuve la sensación de aterrizar en medio de la nada, pero estaba equivocada. Islandia es un lugar lleno de atracciones, climatologías, momentos y emociones. Sería más acertado decir “en medio de la nadie”, pues tiene poco más de un cuarto de millón de habitantes.

El recorrido habitual para conocer este lugar es seguir la Ring Road. Una carretera que en España sería considerada como local, pues carece de arcén, y que recorre circularmente la isla. Tomamos dirección sur, haciendo el viaje en sentido antihorario y nos dirigimos a Thingvellir National Park, un lugar histórico muy querido por los islandeses donde se fundó su primer parlamento.

La decisión de alquilar un 4×4 creo que es la acertada. Hay que vadear rios que pueden llevar mucha agua y, la verdad, da impresión, mejor ir con un coche que responda. Se conduce bastante por pistas y si tienes el tiempo justo, como era mi caso, puedes apurar el día como prefieras.

La verdad es que la primera noche fue alucinante, pasaban las horas y se mantenía la luz en el horizonte. El sol de medianoche es una experiencia que da la oportunidad de alargar las jornadas, pero también disfrutar de un tipo de luz especial.

Para dormir recomiendo la red de Hostels y granjas que salpican el país. Son baratos, dentro de lo caro que resultó Islandía, te permiten conocer a los locales y a otros viajeros, preparar tu propia comida, etc; están muy cuidados. También pasamos alguna noche en la tienda de campaña y en ocasiones albergues, pues era la única alternativa.

En cuanto a la comida, fue un acierto adquirir una trangia y llevar una mochila con comida precocinada, jamón y cecina envasada al vacío, etc. La comida no es muy buena, la población vive muy dispersa y tras varios kilómetros, si encuentras una gasolinera, es fácil que sólo puedan darte un hot dog. La fruta es prohibitiva y, aunque intentamos comer arenques o bacalao, no nos gustó demasiado.

A la vuelta me compré el libro “La Isla Secreta” de Xavier Moret y pude revivir muchos instantes de estas vacaciones. Lo recomiendo.

Lugares inolvidables, impresionantes y llenos de emoción.

1. Playas. El día que visitamos la de Vik lucía el sol en esta playa de arenas negras al sur de la isla. El Océano Atlántico en esas latitudes da pavor, tiene una fuerza y un color nada apetecible para un baño. Sin embargo este lugar, con sus peculiares formaciones rocosas, resultó una magnifica aproximación a lo que se avecinaba.

2. Cascadas. Islandia está lleno de cascadas, pero con mayúsculas. Personalmente después de visitar este país es díficil impresinarme con un salto de agua. Gullfoss, Skogafoss, Skaftafel, Godafoss, etc, etc. Es alucinante.

3. Landmannalaugar. Un trekking en este lugar es el sueño de cualquiera que ame la naturaleza. Es tal la actividad geológica de este país que pude ver coladas de lava ya frías en su recorrido desde el cono volcánico hasta donde la naturaleza decidió frenarse. Hay lagos de aguas calientes donde poder darse un baño, fumarolas, geiser, etc. El colorido de este paraje es único y probablemente el lugar más especial donde yo haya estado.

4. Glaciares. El Vatnajokull (el más grande de Europa), el Myrdalsjokull, el Jokulsarlón (dormimos en la tienda a sus pies con el estruendo del hielo justo al lado), el Snaefellsjokull (donde Julio Verne puso la entrada en su Viaje al centro de la Tierra), etc.

5. Volcanes. Vimos infinidad de ellos, el Hekla, el del lago Askja. Este fue un trekking a medianoche en mitad del hielo que me hizo sentir muy pequeña, diminuta ante la fuerza de la naturaleza. Al lado de este crater extinto hay otro más pequeño, el Viti, con aguas cálidas donde poder darse un baño.

6. Los fiordos son otra atracción que disfruté a bordo de un kayak. Menos mal que no volcamos, el frío hubiera sido impresionante. En Seydisfjördur nos enteramos de que cedía el terreno gratuitamente para quien quisiera instalarse allí, mientras en España la burbuja inmobiliaria estaba creciendo más y más.

7. En busca de las ballenas del Ártico. Esta excursión en velero fue de las más impactantes. En aquel momento nunca había visto una ballena y se me salían los ojos de las cuencas. Supongo que era todo, el color gris del océano, el frío intenso, los fiordos salpicados de nieve, la luz de aquella latitud, los puffins, la aventura…

8. Reykiavik. Una capital pequeña, colorida y con mucha vida, donde las aceras son radiantes para derretir la nieve. Una visita breve pero suficiente para percibir que esta isla, lejos de estar aislada, permanece conectada a las propuestas más actuales y últimas tendencias.

Un destino sencillo, gratificante, intenso, para amantes de los paisajes extremos, los que huyen del asfalto y las muchedumbres. Una aventura para cambiar los patrones de distancias y tamaños, para abrazar la inmensidad y la soledad.

Islandia es un país precioso, un ejemplo de simbiosis entre el paisaje y el Hombre. La Naturaleza debería ser la protagonista siempre y ser nosotros quienes nos adaptasemos a ella. Aquí tu vista se perderá en la inmensidad como nunca antes.

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