Mis Paraisos: Durmiendo bajo las estrellas en Vegarada.

El pasado fin de semana estuvimos en el Puerto de Vegarada haciendo acampada libre. Una idea aplazada en anteriores ocasiones por causa del tiempo u otros compromisos, por fin este sábado hicimos la mochila y cargamos el coche con la tienda y los víveres. La idea no era hacer una ruta para caminar, esta zona la tenemos trillada, sino dormir allí como único objetivo. Salimos después de comer e hicimos varias paradas para tomar café, coger agua, sacar fotos e incluso soltar a Blasa para que estirara las patas. Cuando llegamos con el coche al puerto había unos 15 grados de temperatura, hubo una parada rápida para comprobar que las obras del mesón no habían avanzado en absoluto.

Continuamos en dirección a Asturias, una vez que entras en el Principado la carretera se trasforma en una pista sin asfaltar, que discurre sinuosa entre laderas, bosques y alguna casa de ganado rehabilitada para recreo. La pendiente es muy fuerte en ocasiones y para quien conduce se acaban las panorámicas. Hará unos ocho años descendí por este camino y conocí la belleza de su recorrido, son aproximadamente diez kilómetros de desnivel, que en bicicleta nos obligaron a usar mucho los frenos para disminuir la velocidad, poder sortear charcos, piedras e irregularidades del terreno.

¡Como se nota que estás en Asturias! En toda la ruta crece la vegetación de modo exuberante y con las nubes bajas de aquella tarde, la humedad y la toponimia de las propiedades, como “los prainos”, estaba claro que León se había quedado atrás.

Cuando llegamos a la primera población, Casomera, no me detuve. Aunque hubiera querido, a parte de hacerlo en el aparcamiento para ocho vehículos que hay al llegar, no hubiera podido. La aldea es muy estrecha, la carretera tiene gran pendiente y curvas sucesivas. Un par de pueblos más y empiezan las Hoces del Río Aller, recuerdan a las que hemos dejado atrás en Valdeteja, pero una vez más Asturias destaca por su vegetación salpicando las moles de granito que se levantan verticales.

A las 19 de la tarde aparcamos en Collanzo, parecía un pueblo del oeste americano, la calle desierta, los bares vacíos. Tomamos un par de claretes en bares venidos a menos, tristes y olvidados. Nos preguntamos donde estarían los turistas, en una zona con un patrimonio natural envidiable, un fin de semana del mes de julio. En toda la carretera, desde que llegamos a la primera población, no vimos infraestructuras turísticas. En Cuérigo, aldea próxima, hay un Centro de Turismo Rural moderno, con servicios que amenizan una tarde después de esquiar o patear el monte. La Estación Invernal de San Isidro dista 20 kms de Collanzo por la carretera AS – 253 y 13 por la ruta que traíamos desde Vegarada. Me sigue sorprendiendo la dejadez institucional, ¿Existe un plan estratégico de desarrollo para Aller y Valdelugueros? ¿Existe para la provincia de León? ¿Hasta cuando van a competir las CCAA sin ser capaces de aprovechar sinergías y generar productos turísticos innovadores de calidad? ¿Y la iniciativa privada? ¿Se ha creado algún clúster de empresas para cooperar en iniciativas de acogida y fidelización del visitante? ¿Entiende el empresario turístico que ahora es el momento de invertir en creación de valor y qué sólo quien preste servicios orientados al nuevo consumidor vivirá para contarlo?

La tarde se acababa, era momento de volver al Puerto. La vuelta se hizo corta y pronto encontramos un lugar resguardado, apenas visible desde la pista, donde montar la tienda. Para cenar tortilla de patatas, pimientos asados y una botella de vino, ambos del Bierzo. Poco duró el pic-nic, porque la noche se venía encima y el frío apretaba. Sin cobertura de red para nuestros gadgets, no quedó otra opción que abandonarse al sueño.

Hizo mucho frío esa noche, probablemente nos quedamos entre los 2 y los 5 grados, por eso amanecimos temprano y eso nos dio el privilegio de ver amanecer y llegar el sol a las cumbres del Mediodía, el Faro y el resto de picos.

Pasear fue una idea expendida, a las ocho de la mañana la luz es preciosa en la montaña, recorrimos la vega donde pastan los caballos salvajes. Cruzamos el arroyo del Nogales, sorteamos barrizales, vimos arañas tejer sobre el rocio, flores de color intenso, renacuajos que dormitaban. Oímos también el sonido del corzo que desde las cimas nos avisaba que estábamos de paso en sus dominios. ¡Que buen despertar!

Tras un desayuno de envergadura cambiamos de valle. Parecía que el día iba cogiendo temperatura, casi 15 grados a las diez. Tomamos la carretera de camino a León y en breve giramos en dirección al pueblo de Valdeteja, el pico Bodón a nuestra derecha imponente. Después, la zona de escalada de La Pedrosa, donde nos congratulamos de ver el albergue en remodelación. De Cármenes a Canseco y allí, a una poza preciosa donde pasamos un tranquilo día de campo, no hubo valor para el río.

El placer es leer mientras el agua cae en la pequeña cascada, la perra se entretiene cazando grillos, el aire te acaricia la barriga y sabes que tienes embutido de León para comer y bebida enfriando en el remanso del río. Mirar las nubes viajar, contar aviones e imaginar su destino, jugar con tu propio pelo y estirarte hasta desentumecer todos tus músculos. Esto es la felicidad , en cada momento disfrutar del presente sin desear otro estado, otra compañía.

De vuelta a León, unas cañas heladas con las vistas del Cuetu Fontún que parece llamarnos a subirlo este mismo verano.

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